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Mensaje  Melanie-chan el Dom Feb 20, 2011 3:10 am

Bueno, en esta sección, mía, seré capaz de postear Fanfics míos. Algunos pueden tener continuidad, pero no sé ^^U La cosa es que lo que se me ocurra escribir lo posteo acá, desde historias largas hasta Oneshots xD

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La primera es una que escribí hace rato (Halloween del año pasado) y no es mi mejor trabajo, pero quizás, puedo pedir opiniones aquí (que sean sinceras, ¿eh? Razz ) Ésta no es mi historia favorita, pero bueno, algo tengo que mostrar, ¿no? Por supuesto, la historia está sujeta a cambios y sólo fue algo para pasar el tiempo. ^^

Fearless*

El miedo es una emoción primaria que se deriva de la aversión natural al riesgo o la amenaza, y se manifiesta tanto en los animales como en el ser humano. Eso es, para decirlo de una manera correcta, un forma de intentar defenderse ante el mundo. Todos tenemos miedo; nadie está “a salvo” de este hecho fundamental, aunque se intente negarlo.
Yo, por mi parte, no me considero un ser falto de esta emoción, caracterizada por un intenso sentimiento habitualmente desagradable, provocado por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente, futuro o incluso pasado. De hecho, tengo un problema bastante raro relacionado con el miedo: no me gusta la soledad… No, esperen, yo odio, aborrezco, la soledad, el quedarme solo.
En verdad, yo realmente no me puedo quedar en una habitación sin la compañía de cualquier otra persona. Me recuerda a… eso. Ya varias veces me ha ocurrido el haberme quedado solo, sin nadie más y tengo miedo de que eso siga pasando… No sé cómo detenerlo y, tampoco, a esos sueños que siguen y siguen…
-¡Oliver!- me llamó, entonces, mi tío Alistair (o tío Al, como yo le digo).- Si no te apuras para terminar el desayuno, ¡no podrás llegar al colegio a tiempo…!
Ahora, que lo pienso, me olvidé de contarles lo que estoy haciendo y, quizás, más importante, quién soy. No, realmente, no es muy importante quién soy… pero, sin embargo, al leer el cuento “Los Asesinatos de la Calle Morgue” de Edgar Allan Poe, me di cuenta de que me parece de lo peor cuando el autor del cuento no le da un nombre ni historia concreta al narrador, sea testigo o protagonista, así que les daré un poco de información sobre mí.
Me llamó Oliver Livingstone, tengo dieciséis años y soy un estudiante de instituto, viviendo en Londres. Hay dos aspectos importantes de mí: 1) soy un mestizo de ángel y demonio (sí, de esos que tienen alas bonitas y poderes, cuya unión entre individuos de ambas especies jamás debió darse pero que se dio únicamente en mi caso) y 2) tengo un trastorno bipolar del segundo tipo (eso quiere decir que mis episodios de ánimo son así: mD, hipomanía y episodio depresivo mayor) de ciclado rápido y extensión variable. Soy del tipo desenfadado, por si quieren saber cómo soy cuando no tengo ninguno de esos famosos episodios.
Relacionado con eso del trastorno bipolar, tampoco puedo tomar medicamentos… me hacen mal, más de lo que ayudan: la última vez que intenté tomar alguna de esas cosas que tanto me desagradan, terminé internado en el hospital por dos semanas (y no fue divertido, por cierto). Mi tío Al, hermano de mi madre (y, por ende, un ángel), que es un buen psicólogo (es decir, es de esos que no están locos), decidió entonces que no tomaría ningún medicamento, pero que sin embargo, llevaría la vida más sana y ordenada posible… lo cual también implica evitar situación de estrés, ansiedad y miedo (tales como eso de quedarme solo en una habitación…). Extrañamente, funciona bastante bien.
Pasando nuevamente a la historia, la cosa empezó un día de lo más normal, cuando aún tenía catorce años. Fue previo a conocer al detective Edward Farrell, quien, de hecho, estaría luego involucrado en la historia (pero, la narración con la que procederé, termina antes de eso).
Yo estaba de buen humor para la hora del desayuno y fíjese que no tomé café, porque la cafeína puede llegar a hacerme mal y producirme un episodio de hipomanía (o hasta peor, ¿saben?). Con el uniforme del colegio, la mochila y la sensación de haber disfrutado un buen desayuno, salí de mi casa para ir y tomar el “subte”. Me gustan los trenes porque nunca estoy solo mientras estoy de camino al colegio (asisto al City of London School, por si quieren saber)… o eso pensé.
Entré en el tren de la línea Northern Line con el objetivo de llegar a la estación Bank (y, posteriormente, a la calle Queen Victoria), que estaba bastante abarrotado de trabajadores, turistas, estudiantes e incluso niños, como siempre. Pasando la línea amarilla de seguridad de la estación, me subí y puse a un volumen aceptable mi reproductor de Mp3, con la intención de no escuchar pensamientos ajenos… Oh, parece que me olvidé de mencionar que tengo telepatía, ¿cierto? Bueno, ahora ya saben.
Desde luego, el ambiente parecía normal, hasta que el tren estuvo a mitad de camino, donde todo cambió (o, por lo menos, a mi parecer). Bueno, no es que todo en mi vida haya cambiado desde ese momento (aunque muchas cosas intrigantes le siguieron), sino que el ambiente de repente cambió. Se cortó la música de mi mp3, cosa rara, ya que siempre estaba bien cargada la batería. Mi quité los auriculares y guardé el aparatito dentro de mi mochila. Entonces, el frío, el silencio, la oscuridad, aparecieron progresivamente. Me inquietó un poco el sentir un escalofrío recorriendo mi espina dorsal, pero todavía no tenía miedo…
Es decir, todavía no había sentido esa incesante agitación con el impulso de huir en busca de alguien, la angustia y la ansiedad provocada por la carencia de otra persona, los intranquilos latidos de mi corazón intentando calmarse con la existencia de un ser viviente, pero no duró mucho tiempo mi estado de relativa tranquilidad.
Seguramente, estoy en lo cierto al afirmar que fue un error de mi parte cerrar los ojos para intentar tranquilizarme. Tiendo a hacer eso para no pensar en lo que me rodea, puesto que no quiero ni caer en un estado de hipomanía ni en uno de depresión mayor. Quizás, otro error fue abrirlos. Cuando lo hice me di cuenta de que ya nadie estaba allí: absolutamente nadie. Fue, entonces, cuando el miedo, ese miedo del que les hablaba al principio del relato, se apoderó de mí y el pánico me invadió completamente.
-¿Dónde están todos…?- pregunté temblando al vacío, como si, muy en el fondo, esperase que alguien me respondiera. Pero no hubo contestación.
Mi respiración empezó a irregularizarse, ciertas gotas de sudor aparecieron en mi frente y buscaba con la mirada de mi ojo izquierdo a alguien (puesto que mi ojo derecho está debajo de un parche negro) con el anhelo de encontrar a, por lo menos, una persona. No quería aceptar que estaba solo. El vagón parecía que se había detenido por alguna razón desconocida. Al ver a través de las ventanillas, esperando a que todos se hubieran bajado en la misma estación, solo puede divisar una oscuridad casi absoluta. Para esos momentos, ya podía ver mi propio aliento y la temperatura descendía hasta niveles bajísimos…
Fue, entonces, que me di cuenta de que algo me observaba, algo maligno. Me di vuelta lentamente, temiendo lo qué podría ocurrir. No sé en qué estaba pensando, pero sí sé que lo que vi no era normal, ni tampoco algún producto de alguna psicosis contraída debido al trastorno bipolar.
Era, quizás, la personificación del miedo… No, no era posible. Deidades de esa clase no deberían tener algún rencor específico contra mi persona. Era un enviado a asesinarme, sin lugar a dudas. Hay momentos como esos en los que tiendo a pensar más rápido de lo normal, como si los pensamientos se aceleraran, confundiéndome por una parte pero, por otra, no (aunque no estoy seguro de darme cuenta realmente y creo que también se debe a mi salud mental).
Parecía un fantasma o, mejor dicho, una criatura sólida pero deforme, con la capacidad de flotar (pero creo que tenía piernas en realidad), envuelta completamente en telas negras y raídas, cuyas extremidades (no sabría decir si eran brazos o qué) alargadas sujetaban un hoz que llegaba hasta el techo del vagón. Estaba a metros de distancia, pero algo me decía que podía asesinarme cuando quisiera, y yo no lo dudaba.
Tragué saliva, mientras mis piernas se negaban a responderme. Yo quería huir, pero no podía. Entonces, ese “ser” levantó con una sola mano la enorme, afilada y peligrosa hoz. Repentinos recuerdos surgieron en mi mente: sangre, desesperación, miedo, muerte, soledad. Sin embargo, no sé qué fue exactamente lo que recordé, pero estoy seguro de que se relacionaba con algo importante…
Llegó el momento de cortar el aire con la hoz y, de paso, mi cabeza seguramente. Creo que, involuntariamente, reaccioné y me moví (mejor dicho, me tropecé o caí) hacia atrás antes de que me removiera el cuello, aunque sí sentí que me había herido y estaba sangrando. Me espalda se golpeó contra el frío y duro piso del vagón, produciendo incontables, e indescriptibles a la vez, punzadas de dolor (culpa de una herida que me habían hecho cuando tenía diez años de edad). Cerré los ojos al impacto y no quise abrirlos: lo único que me quedaba era soledad y una muerte inminente (y ninguna de las dos opciones me apetecía).
Lo que eran sólo instantes, me parecían una eternidad. Esperé a que llegara mi fin, como esos soldados resignados que saben que morirán en el campo de batalla (aunque mi final sería menos honorable y patriótico que el de ellos)… pero no llegó ese fatídico momento. Oí una voz lejana, llamándome a despertar, y sentí que me sacudían de los hombros. Abrí el ojo izquierdo y vislumbré luz, gente e incluso, calidez.
Una mujer joven se había arrodillado para despertarme de lo que fuere que había pasado y parecía preocupada intensamente por mi estado físico… o quizás, mi salud mental. Y mucha gente nos rodeaba y observaba con atención, algunos preocupados, otros desinteresados y otros hasta lo disfrutaban.
Me incorporé con un dolor incesante tanto en mi espalda como en mi pecho. Sentía que la sangre se escurría por debajo de mi camisa. Estaba mareado y tenía frío.
-¿Estás bien?- me preguntó y antes de que pudiese responderle que sí, por decir algo, me dijo mientras apoyaba su mano sobre mi frente: -Estás hirviendo.
Estaba a punto de decir una excusa cuando el tren paró, anunciaron la parada y abrieron las puertas. Definitivamente, no soy del tipo de personas al que le gusta que se preocupen por él. Me levanté con una rapidez asombrosa para mi estado emocional (diría que físico también) y salí cuanto antes del vagón, sin que me importara si llegaba o no a clases. Sabía que había un hospital cerca y que podría hacer que me atendieran (de hecho, gracias a los dioses que, en ese mismo hospital, trabajase un buen amigo de mi tío Al).
Mientras corría hacia el hospital, reflexioné sobre los hechos de hace minutos atrás. No había sido ninguna alucinación provocada por una psicosis (cuyo origen podría ser el trastorno mental que ya he mencionado incontables veces), porque ese ser (fuera lo que fuese) me había dañado con la hoz (aunque eso significaba una amenaza a mi integridad física). Eso me aliviaba, porque sabía que no me estaba volviendo loco, pero no me alegraba el hecho de que habían intentado asesinarme por razones desconocidas…
De ahí en más, proseguiría con la historia que involucra a Edward, así que dejo (de momento, tal vez) la narración de esto. Si fuera por mí, les contaría otras cosas, pero no creo que tenga que hacerlo ahora… Y última reflexión actual, ¿cuándo y cómo podré afrontar todo para convertirme en una persona “sin miedo”?

*Fearless significa "sin miedo" en inglés.
P.D. Nótese cierta influencia de “El Túnel” de Ernesto Sábato. XD


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Espero que les guste. Gracias por leer y, de paso, comenten si quieren.



Última edición por Melanie-chan el Mar Feb 22, 2011 7:48 pm, editado 1 vez
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Mensaje  Eternal el Dom Feb 20, 2011 12:40 pm

Waah!

Qué casualidad, terminé hace poco de leer en clase el libro de "Los Asesinatos de La Calle Morgue" quién me iba a decir que el asesino era un orangután.
La verdad la historia está escrita perfectamente, me gusta mucho la forma en la que se desarrolla, contando el personaje principal su historia sin tener que dar algún texto de introducción como los que varios autores utilizan (y a mí a veces me aburren).

Lo único que me pareció algo extraño o incorrecto era que no separabas los párrafos (yo no sé mucho de ésto, en realidad me equivoco), pero se hacia un poco pesado ver los diálogos una linea después de las descripciones de su entorno.
Pero quitando eso, me gustó bastante ^^ Un Ángel como psicólogo, dando sus opiniones de que todos excepto algunos son locos, la verdad además de tener la historia en si mezcla puntos que son divertidos, y a la vez realistas (:

Mucha suerte, Melanie-chan!
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Mensaje  Melanie-chan el Dom Feb 20, 2011 3:32 pm

Gracias por leer. Me siento mejor de que te haya gustado.

Por cierto, este estilo es diferente al que usas por no utilicé una trama textual conversacional muy desarrollado y era para dar más énfasis a las descripciones y la narración de Oliver. ^^

Sin embargo, si bien el hecho es canon en mi historia (tengo toda una historia planeada, que se llamaría "Angel to Devil" xD, o algo por el estilo), algunos detalles que di a conocer han cambiado desde entonces... ^^U como ciertas cosas de Oliver-kun.

Eternal escribió:Qué casualidad, terminé hace poco de leer en clase el libro de "Los Asesinatos de La Calle Morgue" quién me iba a decir que el asesino era un orangután.

Sí, yo también leí el cuento, pero la excesiva cantidad de palabras me aburrió y digo que, siendo quién es el culpable, es la cosa más improbable que leí en un cuento policial de enigma. No me gusto cómo E. A. Poe le dio la personalidad de su detective y a su "testigo", a difarencia de A. C. Doyle con Sherlock (él me encanta xD).

Pero, bueno, el tío es el tío, y un psicólogo. Lo que me gusta es que ambos lados de la familia están separados y rivalizan entre sí Twisted Evil y que a Oliver lo tachan de abominación en el mundo de la religión y mitologías... Cool Tiene un complejo, lalalal... What a Face
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